Una fiesta excitante

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Me abrió la puerta escondiéndose tras ella y me invito a cruzar el pasillo delante de él, por lo que no pude verle la cara y eso hizo que mi inquietud por la situación creciera de una manera vertiginosa.

Para la ocasión me puse un conjunto de lencería de seda negra y turquesa que había comprado especialmente para esa velada. Era tan sugerente como sencillo.

Las ligas turquesas que sujetaban mis medias decían a gritos que me había preparado a conciencia para aquella noche tan esperada. Mi vestido era también un elegante reclamo al vicio más sucio y lascivo. Por sugerencia de mi misterioso amante, llevaba los pies vestidos de pura lujuria con unos zapatos de 15 cm.

Había tan poca luz que era prácticamente imposible ver nada, lo único que pude distinguir al cruzarlo fueron un gran espejo y un diván que cubrían toda la parte derecha de aquel corto y oscuro pasillo y que llevaba hasta la estancia principal de la suite. En el salón se presumía la misma oscuridad, la única bombilla encendida de esa sala era la de una pequeña lampara auxiliar que había junto al mueble bar. Aquella enorme sala estaba divida en dos zonas diferentes, una con una enorme mesa de comedor para un sin fin de comensales, y la otra unos enormes sofás cubiertos por unos cojines del mismo tamaño.

La suite era muy lujosa, y tenía un aire inglés que la distinguía del estilo moderno y europeo que tenía el resto del hotel.

Después de observarme en silencio, me dijo que diese la vuelta y que lo hiciese despacio para no perderse detalle. Su voz era mas bien aguda y su tono era seguro y tajante, sin lugar a discusiones. Cuando estaba de espaldas me pidió que le sirviese una copa del mueble bar que estaba frente a mí. – Sirve otra para ti – añadió. No soy bebedora habitual, pero la situación me iba excitando por momentos y solo podía dejarme llevar por la sed de hombre que empezaba a despertar en mí.

Cuando regrese con las copas ya servidas, le pregunté por la fiesta a la íbamos a asistir y sobre la hora de su comienzo, fue entonces cuando me dijo que había un cambio de planes de última hora y que la fiesta tendría lugar allí mismo, en su suite y que tenía que hacer una llamada antes de que llegaran sus invitados.

Tardó entre 5 y 10 minutos en volver, fue entonces cuando vi el acceso a la terraza, una enorme y ostentosa terraza con el mismo estilo inglés que predominaba el interior de la habitación, si a aquella suite de mas de 300 m2 se le puede llamar habitación.

Cuando regresó dijo que me iba a dar unas pequeñas instrucciones para complacer a sus invitados… No rechazarles una copa cuando me la ofrezcan, aceptar sus invitaciones a bailar y mantener siempre la sonrisa y una actitud positiva, me dijo.

Se había sentado en un sillón individual muy señorial que había frente al sofá en el que yo me había acomodado mientras él hacía su llamada. Me miraba fijamente,- Descruza las piernas, quiero divertirme un rato antes de que lleguen -.

Yo obedecí en seguida como si mi voluntad se hubiese quedado fuera, al principio del pasillo. Subí mi vestido color champagne hasta que mis nalgas pudieron sentir el calor del sofá, me senté en el borde y abrí un poco mis piernas para darle una mejor visión de todo lo que sucedía ahí abajo.- Mírate, te he pedido sólo que las descruces, y te ha faltado tiempo para abrirlas… tienes el subconsciente de una perra necesitada –

Sus palabras me impactaban en la misma medida que mi excitación se hacía más evidente. Se puso justo delante de mí, sin haber apartado la vista de la imagen que tenía delante con mis piernas entreabiertas. -Levántate, quiero ver bien la mercancía-. Dio unos pasos hacía atrás y volvió a decirme que me pusiera justo delante de él. Yo seguía obedeciendo sin mediar palabra desde que le pregunté por la fiesta, como si de una criatura inocente y vulnerable se tratara.

Volvió a dar un paso atrás y bajó su cremallera, no apartaba su ojos de mi cara sin mediar una sola palabra. Clavé mis rodillas en el suelo mientras él liberaba su miembro para dejarlo justo delante de mi cara, a escasos centímetros, estaba tan cerca que podía olerla mientras la miraba. No era el pene más grande que había tenido el placer de oler mientras buscaba el sentido más amplio del sexo, pero el diámetro de esa delicia en el máximo esplendor de su dureza, eso sí era de admirar.

Solo se escuchaba una sutil música de jazz que sonaba de fondo.

La miraba impasible por el propio placer que me producía observarla, quería grabarla en mi retina para tenerla perfectamente dibujada en mi cabeza, iba a imaginarla cuando no la tuviese delante a lo largo de la velada.

Empecé a dibujar cada vena de su erecta polla con mi lengua. El tiempo que había dedicado a mirarla detenidamente me había servido para babear como la perra que estaba siendo en ese momento, por lo que mi lengua era un manantial de excitación envenenada. La lamía desde abajo hasta la punta, la envolvía con una lengua empapada y deseosa de seguir lamiendo, deseosa de seguir babeando por lamer y de lamer por el placer de babear. Solo quería seguir, mi único instinto solo me permitía sacar mi lengua chorreante de ansiedad y pasarla una y otra vez desde el comienzo de sus testículos hasta la punta, para después seguir lamiendo. Solo me detuve cuando la tonalidad de su voz volvió a ordenar, – Lo estás haciendo bien. Quítate el vestido! -.

Mi voluntad y capacidad de decisión seguían deambulando por la entrada de aquella embriagadora habitación de hotel, así que yo seguía obedeciendo como si de mi dueño se tratara. Tiré del vestido hacía arriba con tal contundencia que salió sin poner resistencia alguna y dejé al descubierto mis más sutiles ganas de ser poseída.

Mi recién estrenado olfato de canina me hacía permanecer impávida ante aquel miembro cada vez más duro y más gordo. Volví a lamer tan despacio como al principio, a saborear la humedad que su capullo desprendía. Estaba sorbiendo con el esfuerzo propio de una cachorra que quiere complacer a su Amo, cuando de repente vi varias sombras cruzarse por mi derecha. Debió dejar la puerta abierta.

Había perdido la noción del tiempo hasta olvidar la fiesta. Quise incorporarme en seguida cuando las manos de mi dueño sujetaron mi cabeza para llenarme la boca de un solo golpe, – Recuerda mis instrucciones y sugerencias para atender a mis invitados. Ahora voy a presentarte y luego quieren ver lo bien educada que estás -.

Mi escasa condición sumisa y mi habitual carácter feminista debían andar también en la entrada, junto a mi voluntad, porqué permanecí así, arrodillada, inamovible ante aquel glande enorme que apuntaba directamente a mi cara.

Mi idea de una fiesta divertida y sugerente moría a causa de la vergüenza que sentía al verme dando aquella lamentable imagen y al escuchar aquella sobrecogedora presentación.

– Dama y caballeros, ésta es Lila, que es como vulgarmente me gusta llamar a las putas que contrato para amenizar mis fiestas-. Yo seguía ahí, con la mirada fija al frente, sin pestañear, casi sin respirar, y sin saber el número exacto de personas que había en esa habitación, había perdido la capacidad de reaccionar. – Continúa!-. y aún sin respiración, acaté la orden como vine haciendo desde el comienzo de la noche, y al cabo de unos minutos me sorprendí chupando aquella verga como si se me fuese la vida ello.

La humedad de mi sexo bajaba con evidencia por mis muslos mientras lamía y lamía como la niña que se come su primer helado del verano. Sorbía mis babas para volver a empapar su dureza con ellas. Sus manos firmes empujaron mi cabeza hacia su pubis, embistiendo mi boca con una brutalidad que me tenia paralizada. Empujaba con fuerza hasta llenar mi garganta, tenía, literalmente, la boca llena de polla. Ante mi falta de resistencia, aprovechó para tapar mi nariz con una mano e impedir por completo la entrada de aire, dejándome así aturdida y desorientada.

Sus invitados estaban lo suficientemente cerca como para poder escuchar sus murmullos en respuesta a los comentarios que mi dueño hacía para jactarse de la escena. Seguían murmurando y se reían cuando sentí como una mano empezó a violar mi coñito húmedo, que para ese momento ya estaba gritando a chorros que lo montasen. Yo instintivamente respondí abriendo exageradamente más mis piernas a modo de suplica, y quedando totalmente expuesta, vulnerable y agradecida antes aquellos dedos anónimos que daban un poco le tregua a aquella situación que tenía tan tenso cada músculo de mi cuerpo.

Chupaba rítmicamente para poder llenar mi vagina de dedos ante la atenta mirada de un montón de desconocidos, a los que aún ni había visto la cara ni sabía cuantos ni quienes eran, y no importaba.

La mano se iba haciendo paso entre mis piernas cada vez más independiente a mis movimientos, estando ya en la postura propia de una perra, el dueño de la mano que me violaba dejó caer el otro brazo sobre mi cintura, con el consecuente peso de un cuerpo robusto que me paralizaba imposibilitando mi movimiento, para entrar y salir de mí con la misma fuerza y bestialidad con la que el anfitrión me follaba la boca, sin piedad! Estaba a punto de desmayarme cuando los dos se detuvieron y pude respirar, si no me hubiese tenido sujeta del pelo, hubiera caído abatida al suelo.

Conté al menos 6 hombres y una mujer a mi alrededor. Todos vestían trajes elegantes que dejaban intuir su alto nivel social. Uno de ellos tendría unos 65 años, y miraba como si fuese la primera mujer que veia felar con ese ansia y dedicación.

La única fémina que compartía conmigo la habitación tendría unos 40 años. Era una mujer voluptuosa y con curvas generosas a las que sabía como sacarle partido. Estaba situada detrás de los hombres, desde allí me miraba con desprecio y sonreía al ver la brutal bofetada que me propinó otro de los invitados, – Parece que Lila es una chica difícil de doblegar-, musitó.

Todo parecía pasar a cámara lenta, entre las risotadas de los más gallitos, los comentarios burlones, la música retumbando suave entre tanto cuchicheo y la risa de aquella mujer a cada golpe me iban dando me alejaban cada vez más de la realidad.

Ahora tenia a 6 hombres desnudos de cuerpo para abajo apuntándome con sus espadas, erguidas y humeantes esperando a ser lamidas.

Mis rodillas dejaron de padecer tiempo atrás, en el abismo de mi desmayo.

Empece a lamer penes sin importar a quien pertenecían, sin discriminar su color o su tamaño. Abría y mi boca y la dejaba llenar de carne. El placer de sentirlas crecer a cada embestida. La dejaba llenar mientras alzaba mis caderas para que otras manos se apiadasen de mi necesidad. Un ser bondadoso que me diese el alivio del sexo más sucio y pecaminoso.

Sus risas ante mi desesperación solo servían para aumentar el jadeo de mis suplicas, pidiendo clemencia. Tenía seis vigorosas pollas entrando y saliendo de mi garganta de una manera tan salvaje que solo se detenían al provocarme arcadas, cosa que a ellos parecía excitarles aún más, pero mi encharcada y ansiosa rajita seguía vacía a pesar de mi insistente intención de llenarla.

Solo la mujer que antes me miraba con desprecio parecía darse cuenta del sufrimiento que aquello me provocaba, mi clítoris iba a estallar justo cuando lo apretó entre sus dedos. Lo pellizcaba y lo humedecía con el charco de excitación que había acumulado en la entrada de mi agujero, metía y sacaba al menos 3 o 4 dedos al mismo tiempo y un dolor tan leve como excitante empezaba a palpitar constante en mi entrepierna.

El viejito instó a la mujer para que volviera a ponerse mas atrás y se sentó en el sofá, mirando mis nalgas abiertas y mi coño expuesto y listo para regalarle a todo el que quisiera un sin fin de gemidos dedicados.

El hombre metió despacio uno de sus gordos y callosos dedos en mi charco,- Esta puta está preparada -, su mano derecha inundaba mi sexo mientras el pulgar de su mano izquierda masajeaba mi ano, deseoso de nuevas experiencias.

La mujer yacía arrodillada lamiendo el pene de alguno de esos hombres con algo menos de ahínco y mirando con recelo al resto de hombres que había a mi alrededor. Alguien castigaba incansablemente mis pezones, el dolor me impedía saber con exactitud si podían estar sufriendo un leve sangrado.

Llegados a este punto era imposible predecir cuantas manos me iban recorriendo de un lado a otro, el relleno de mi boca cambiaba constantemente de tamaño y propietario. Las asfixias eran cada vez más extremas y la presión dentro de mi ano aumentaba por momentos.

Una mano ladeaba mi cabeza mientra jalaban con más fuerza mi cabello, la mano agarró y presionó mi garganta para abrir paso a un falo que iba a dedicarme la más inhumana violación bucal a la que jamás había sido sometida. El calor que desprendía la polla que ahora me poseía vaticinaba que estaba a punto de sufrir la derrota más absoluta cuando paró de repente.

– Ponedla sobre la mesa -, sugirió alguien. Me llevaron el volandas y me dejaron el una mesa auxiliar que había junto al mueble bar. Y la lámpara. Apoyaron mi estomago en ella y mis piernas caían rectas hasta el suelo, permitiéndome apoyarlas y mantener el equilibrio. Mi cabeza colgaba por delante y mi pelo seguía sujeto con violencia por alguien. La mujer se acercó mirándome con gesto de victoria,y después de escupirme pasó su lengua por mi boca. El primer bofetón de la fulana vino después de volver a lamer mi boca sin tener una sola respuesta o estimulo por mi parte. Alguno de aquellos cerdos separaba mis labios inferiores con la punta de su verga desnuda, chapoteaba en mi charco de excitación. La empujaba unos milímetros para volverla a retirar y alargar aquel repugnante calvario que me degradaba tanto, en el que una perra hubiera sido más digna de la situación.

Alguien obligaba a la fulana a lamer mi ano, escupía y volvía a pasar su lengua extendida. Mi verdugo debió meterle mi ansiado tesoro en la boca a la cuarentona cuando dejé de sentir esos milímetros de miembro en mi coño exasperado y el calor de la lengua de la fulana abriendo y dilatando mi ano, ya inevitablemente emputecido.

Aquel instante me pareció eterno, hasta que el viejo se decidió a abrirme en canal y arrancarme así los alaridos que prevenían el más sucio de mis orgasmos. Abrí tanto la boca para agradecer aquellas embestidas que fueron dos los dos hombres que alcanzaban a violar mis ahogados jadeos.

Sólo cuando la mano que sujetaba mi cuello ceso un poco su presión recobré el sentido justo para ser consciente de que alguien estaba profanando mi ano. Intente girar la cabeza con la boca a rebosar de virilidad y alcancé a ver a la fulana rompiéndome el culo con cara de puta triunfadora. – Mírame, Lila -, grito la voz del arrugado dueño del pene, – que pueda verte bien!!! -.

De pronto sonó el teléfono. Una siesta estupenda…

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