Una excursión inocente

Hoy he estado recordando un poco mi adolescencia. Cuando comencé a tener mis primeros contactos sexuales, no conmigo misma que eso lo hacía desde una edad bastante temprana, si no con otras personas.

Como todos, en el colegio tenía a esa mejor amiga con la que pasaba la mayor parte del tiempo, tanto en clase como fuera de ella. Quedábamos para ir a jugar a casa de una o de otra, los fines de semana nos quedábamos juntas a dormir, en las excursiones siempre estábamos en el mismo grupo…
Cuando fuimos creciendo, con unos catorce años más o menos fuimos de excursión durante cinco días a un pueblo de montaña. Nos alojamos en bungalows de cuatro personas, nosotras dos con dos amigas más. La última noche es algo que nunca podré olvidar.

Como noche de despedida, los profesores habían decidido que haríamos una hoguera con barbacoa incluida. Una especie de fiesta campestre en la que todos estaríamos reunidos y compartiendo historias, risas y momentos.

Después de la cena, nos sentamos alrededor de la hoguera y comenzamos a contar historias de terror. El ambiente comenzó a crearse. Algunos asustados y otros riendo. Alicia, mi amiga, era un poco sensible con estas cosas a esa edad así que llegó un momento en el que me dijo que no quería seguir allí, que si me iba con ella al bungalow. Lógicamente, le dije que si y nos fuimos agarradas del brazo hacia dentro. Nadie se percató de nuestra “huida”.

Una vez dentro, cerramos la puerta por dentro, con el pestillo que tantas veces nos habían dicho que no podíamos cerrar por si pasaba cualquier cosa, pero queríamos intimidad. Fuera aún quedaba mucho como para que nuestras compañeras volvieran pronto. Nos tumbamos en la cama, arropadas con las mantas, mirándonos a los ojos.

  • No me gustan las historias de miedo… Aunque pueda parecer una cría diciendo esto. – Me confesó algo avergonzada.

Intenté tranquilizarla, diciéndole que no pasaba nada y la abracé contra mi pecho mientras le acariciaba el pelo.

Comenzamos a hablar, a recordar historias que habíamos vivido en todos esos años anteriores que no eran pocos. Eran ya diez años, y muchas vivencias compartidas. Demasiados momentos inolvidables.

Después de unos minutos riéndonos mientras recordábamos cosas, me abrió su interior de la manera más sincera e inocente que puedas imaginar.

  • Siempre hemos estado juntas. Hemos pasado tantas cosas… Me da miedo que pronto cuando vayamos a institutos diferentes, perdamos esta relación.

Me quedé mirándola a los ojos, a esa mirada brillante y emocionada que tenía. Transparente.
Le dije que no tenía de que preocuparse, que si eso llegara a pasar, los momentos que hemos pasado siempre estarían en nuestros recuerdos.
El silencio se apoderó de la cabaña. Estuvimos así durante unos segundos hasta que sin esperarlo, se lanzó hacia mis labios y me besó.
Luego se quedó ahí, inmóvil, esperando una reacción por mi parte. La verdad es que no me esperaba que aquello pasara, pero tampoco me había disgustado. Es más, no quería que se quedara en un solo beso, quería ir más lejos. Mi entrepierna ya comenzaba a darme señales, mis hormonas juveniles estaban a flor de piel.
No quería asustarla así que me limité a sonreír y acaricié su rostro con mi mano, sin dejar de mirarle a los ojos.

Alicia no necesitó nada más. Yo no era la única que quería ir más lejos. Se lanzó de nuevo y comenzó a besarme, pero esta vez con más furia. A medida que avanzaban los besos, dejaban de ser inocentes por momentos. Nuestras lenguas luchaban entre sí, parecía que queríamos devorarnos allí mismo.

En un segundo, sin poder controlar mis instintos más primitivos, me puse sobre ella y comencé a besarle el cuello mientras mi respiración acelerada rebotaba en su oído erizándole la piel.

  • Quiero que siempre recordemos esta noche. – Acerté a decir entre toda aquella excitación descontrolada.

Comencé a pasar mi mano bajo su camiseta, acariciando sus pechos. Sus movimientos involuntarios me decían que todo iba bien. Empezamos a desnudarnos mutuamente. La temperatura iba subiendo de forma considerable. Olvidándonos del resto del mundo, de lo que había ahí fuera.

Mi entrepierna no podía soportar más aquella situación. Los flujos comenzaban a mojar mis muslos internos de forma descarada. Cogí la mano de Alicia y la dirigí hacia mi sexo caliente. Quería que me tocara, no podía soportar más. Justo después, metí mi mano bajo su ropa interior y comencé a jugar con ella, también húmeda y caliente, y sin poder controlarme o pensar siquiera, empecé a follármela entregándome al cien por cien. Mis dedos entraban y salían de su interior, lo único que se escuchaba en aquellas cuatro paredes, era el chapoteo de mis dedos en su inundada vagina y los pequeños gemidos ahogados que no podíamos contener…

Realmente, conseguí lo que quería. Es algo que nunca podremos olvidar. Aún tengo contacto con ella.

 

Dejar una respuesta