Una cita jovial

Sentía su polla caliente, palpitante, dura… dentro de mí. Sentía como entraba y salía de mi excitadísima cueva, chocando y rebotando dentro de mí.

No es que nos hubiéramos saltado de golpe los preliminares, es que teníamos tantas ganas de follar que no quisimos entretenernos en nada y pasamos lo más rápido posible a la acción. Sentir nuestros cuerpos desnudos uno sobre el otro.

Mi amante a contrarreloj de esta ocasión era un jovencito de tan sólo 20 años. Unos cuantos años menor que yo. Quizás ese fuera el motivo de su fuerza, su pasión y su aguante… Por lo general, cuando tengo citas con chicos sobre esta edad, lo que buscan de mí es justamente eso, una mujer con experiencia que les enseñe cosas que aún no saben. Pero este chico era diferente, sabía perfectamente lo que hacía, tenía bastante experiencia o simplemente, se le daba bien de forma nata. No lo sé.

Desde el primer momento en que le vi, me moría de ganas de devorarlo de arriba abajo. ¿Por qué mentir? El chico estaba realmente bien. Era alto, fuerte, iba todos los días al gimnasio, ojos verdes, piel morena… Toda una delicia para cualquier mujer. Era guapo, estaba bueno y además, sabía complacer a una mujer de una forma espectacular.

Todo surgió de una forma súper natural. Los dos teníamos esa conexión que hace que te hiele la sangre y te arda el cuerpo. Esa sensación dentro de ti en la que sientes que te mueres, que necesitas sentirlo por completo, en mi caso, dentro de mí.

En definitiva, llegamos al hotel y me dirigió hasta la cama, dada de su mano. Mis vellos se erizaban sólo de sentir el contacto de su piel con la mía. Una vez allí, frente la gran cama de matrimonio, con fuerza me empujó sobre ella, tirándome sin cuidado.

No pude evitar que una sonrisa pícara se dibujara en mi rostro. Me encanta ese tipo de picardía, de ganas, de autoridad de un hombre hacia mí. No podía evitarlo. Hacía que perdiera el norte. Esta ocasión no iba a ser diferente.

Cada segundo que pasaba, aumentaban mis ganas de devorarle por completo, de ver que escondía bajo esos pantalones.

De repente, se lanzó sobre mí y comenzó a devorarme con sus carnosos y suaves labios. Mi poca cordura acabo desapareciendo en milésimas de segundo. Mi clítoris cachondo y sensible, se estremecía con cada roca de su paquete sobre él, cada vez más duro y más grande.  Sin previo aviso, en un segundo nos desnudamos con prisa. Como si se nos acabara el tiempo. Sólo queríamos culminar y corrernos hasta quedar exhaustos.

Al ver aquella preciosa polla circuncidada, dura y firme no pude controlar a la fulana que llevo dentro. Me lancé sobre ella y comencé a devorarla. Quería exprimirla. No podía dejar pasar la oportunidad de probar aquel delicado manjar. Era superior a mí…

Mientras la chupaba, lamía y succionaba disfrutando al máximo de aquella deliciosa mamada, sus gemidos se fueron escapando y mi piel se erizó. No hay cosa en el mundo que me satisfaga y me ponga más, que escuchar los gemidos de un hombre al que estoy dándole todo el placer que puedo ofrecerle. Me encanta esa sensación de satisfacción, de poder…

Todavía no quería correrse, al menos esa fue la sensación que me dio. Me apartó con furia entre espasmos descontrolados, y me dijo que me pusiera sobre la cama de espaldas a él. Quería follarme a cuatro patas, como a una perra. Esa perra que llevo dentro de mí y que a veces me domina por completo.

Obediente y risueña, obedecí de inmediato. Necesitaba sentir como me penetraba ya.
Primero comenzó a jugar con mi emputecido sexo, tocando con sus manos. Metiendo sus dedos dentro de mí. Enloqueciéndome todavía más. De verdad, que este chico sabe como tocar a una mujer. Como hacer que pierda los papeles.

Después empezó a pasar su polla dura por mi humedad, de arriba abajo. Preparándome para la brutal embestida que vendría después. Cuando colocó su capullo firme en mi mojado agujerito, me penetró solo con la punta. Sentí mil escalofríos recorriéndome.

Me agarré fuerte a las sábanas. Cerré los ojos y cogí aire. Estaba a punto de ser empalada salvajemente.

Dejar una respuesta