Un primer contacto

Cuando me independicé por primera vez, siendo una joven adolescente. Fui a vivir a un pisito de estudiante pequeñito, cerca de la universidad. Al principio, no conocía a nadie cerca. Tuve que empezar de cero.  A los pocos días de estar allí, conocí a mi primer vecino.

Estaba en la ducha, cuando de repente sonó el timbre. No sabía quién podía ser, no esperaba visita ni nada pero tenía curiosidad. Me puse una toalla con rapidez alrededor del cuerpo  y salí corriendo a mirar quien era.

Antes de abrir, miré por la mirilla de la puerta. Madre mía. Ni en mis mejores sueños en aquel momento, me hubiera imaginado lo que estaba fuera esperando.

  • – Me saludó al abrir.

Un chico de más o menos mi edad, fuerte y alto, sin camiseta. Con un pantalón corto de deporte. Bien perfumado. En definitiva, un bombón.

  • Hola… – Dije algo tímida, mientras me aseguraba de que la toalla que me tapaba no se caía.
  • ¿Tienes un poco de azúcar?

“Venga…” Pensé. “¿Esto qué es un anuncio, una broma o cómo? Nadie utiliza ya ese tipo de artimaña”

Amablemente, le dije que sí y le invité a entrar al salón mientras cerraba la puerta detrás de él.
Mientras esperaba que fuera a la cocina, le dije que se podía sentar si quería. Cortésmente, declinó mi oferta, quedándose allí de pie, medio desnudo, luciendo ese cuerpazo musculado que me había encandilado. Cogí un paquete de azúcar que tenía a algo menos de la mitad y fui al salón.

  • Aquí tienes. – Le dije sin apartar mi mirada de su abdomen marcado y perfecto.

Sonrió con picardía y lo cogió en sus manos.

  • Oye… Creo que te he pillado un poco mal, ¿no?

“Desde luego que no, así hay menos ropa que quitar para empezar a jugar”. Volví a pensar descaradamente. Lógicamente, no lo dije en voz alta. Simplemente me limité a sonreír.

Tras unos segundos así, sin poder apartar mi mirada de aquel macizo cuerpo, con la visión nublada por el calentón que me había entrado de forma muy repentina, me acerqué a él. Cogí sus manos y las puse en mis caderas. No creo que hiciera falta decirle nada más… Desde luego que no. Lo entendió a la primera.

Sus labios se acercaron a los míos y comenzamos a besarnos de forma salvaje. Estaba claro que ambos queríamos echar un polvo de esos “aquí te pillo”. Sin mediar más palabras, sin conocernos…

Empecé a apretar mi cuerpo contra el suyo, comenzando a notar como su bandera empezaba a izarse. Con una de sus ágiles manos, quitó el nudo que mantenía en su sitio la toalla y la dejó caer a mis pies, quedando completamente desnuda y dispuesta ante él. Aún con la piel húmeda por la ducha. Mi pelo goteaba mojado, cayendo algunas gotas sobre mis pezones erectos y rosados. Deseosos por sentir un mordisco.

Parecía que me hubiera leído la mente, fue directo a mis pechos y comenzó a jugar con mis pezones en su boca. Chupándolos con rapidez y regalándome algún que otro delicado bocado.

Mi mano traviesa, fue hacía sus pantalones deportivos y se metió dentro. Madre mía lo que tenía allí… Que maravilla, todo estaba dispuesto para embestirme allí mismo, en cualquier momento. Comencé a juguetear un poco con ella, despacio, con apenas la punta de mis dedos.

Él me miraba con cara de desesperación. También se moría de ganas por colarse dentro de mí.
Puse su mano entre mis piernas, para que supiera que mi sexo también se moría de ganas y lo mostraba sin vergüenza, con ansia.

En ese mismo instante, parecía que había pulsado algún botón que le hizo cambiar por completo la expresión de su cara, y hasta entonces, su forma de actuar.

Con brusquedad, sin aún mediar palabra, me empujó contra la pared y con sus manos colocó mis piernas alrededor de su cintura. De un solo golpe y sin miramientos, como dos bestias en celo, metió esa enorme polla dentro de mí y comenzó a follarme como un salvaje.

Quien me iba a decir, que mi primer contacto con alguien de aquel edificio iba a ser tan curioso…

 

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