Travesuras con Javier

La aguja de aquel monumental reloj de estación ferroviaria marcaba las nueve y media de noche. La potente calefacción del apeadero contrastaba con las frías ráfagas de viento, que por aquellos días, azotaban la sierra de Madrid.

Tenía una cita.  Subida en mis “louboutin” negros, tomé el tren que me llevaría a hotel donde Javier me esperaba.

Durante el trayecto , me recreé contemplando el otoñal paisaje a través del ventanal de aquel vagón, mientras dejaba volar mi imaginación, llena de interrogantes sobre lo que iba a acontecer posteriormente. Algo innovador, ¡y salvaje ante todo!, no me cabía le menor duda.

Javier siempre dejaba un gran espacio abierto a la sorpresa, en cada uno de nuestos encuentros.

Sobre las diez y veinte llegué a mi destino. ¡Realmente hacía frío! ; apuré el cuello de mi gabardina con las manos, mientras caminaba apenas cien metros y decidída entré en el alojamiento.

Noté como varias miradas masculinas se clavaban, husmeantes, en mí , tras el sutil compás de mis tacones…

Una vez en el ascensor, me coloqué, coquetamente, el vestido a la rodilla, frente al espejo, resaltando un generoso escote; despeiné ligeramente mi melena, que estrenaba mechas doradas, y retoqué mi carmín… ¡ya estaba lista para la “batalla”, con toda la artillería pesada en regla!

Esperé unos instantes, parada, frente a la puerta de la habitacion (312); tomé una ligera bocanada de aire y la golpeé, suavemente, con cuatro toques, a modo de contraseña.

Se adivinaba música “House–Comercial” en el interior de esta, y tras unos breves pasos,  se abrió, lentamente…

Mi amante, clavó su mirada en mi, sonriente…, con esa expresión viciosa que le caracteriza.
¡Bienvenida, Señorita ! –me dijo con actitud zalamera-

Poco le duró la galantería, pues me agarró del pelo, con moderada fuerza , y me condujo
hacia la cama, casi a rastras, añadiendo :

– ¡Cuánto ansiaba volver a follarte, nena!

Los dos derrochábamos pasión a borbotones; sin preámbulo alguno, desnudamos nuestros cuerpos impacientes, de una vez; se respiraba deseo en el ambiente.

Nos tendimos sobre la cama y comenzamos a besarnos, muy obscenamente, lengua con lengua…, humedeciéndolas…, mientras las manos, casi por si solas, recorrían toda la anatomía del otro; buscándonos y encontrándonos en un magreo incesante…

Mi piel ardía, literalmente, estaba sofocada; recuerdo que hicimos una brevísima pausa y abrimos una botella de “Prosecco” o vino espumoso, como preferáis llamarlo, que nos supo a gloria y nos entonó un poco para continuar al lío…

Fué entonces, cuando Javi sacó de una bolsa dos botes de aceite corporal , guiñándome un ojo…

– Esta noche Mejunje de fluídos- le dije yo- haciéndolos mías…

Le obligé a tumbarse boca abajo, para regalarle un masaje muy sensual con olor a “lavanda” y “vainilla de Tahití”;  al menos, eso ponía en las etiquetas del par de productos…

Me senté encima de él, restregando mi zona más erógena contra sus firmes nalgas, en un intenso vaivén de placer; simultáneamente, acariciciaba su espalda, recorriéndola con mis senos impregnados de líquido; le daba pequeños mordiscos en el cuello, mientras le susurraba al oído lo que llegaría después… La  tensión sexual iba creciendo entre nosotros hasta convertirse en tortura…
Sus piernas entreabiertas suplicaban que dirigiera mi atención a ellas. Me deslicé unos centímetros hacia abajo, con suavidad , haciendo resbalar mi cuerpo empapado en aceite y fluidos varios,  para después lamer cuanto mi boca se encontraba a su paso.

Él se removía, inquieto, entre las sábanas, ya mojadas por semejante despliegue…; jadeando, constantemente, me imploraba que le follara -¡ya!- de una vez.

Alimentaba mis insaciables oídos con sus palabras sucias, de perro embrutecido en manos de una mujer…

Pero yo tenía ganas de jugar, aún
un poco más… sabía que si me penetraba entonces, se acabaría la diversión enseguida; estábamos demasiado calientes, debía tratar de focalizar la excitación en otras áreas, antes, para alargar semejante “tsunami” de sensaciones intensas.

Alargué mi brazo hacia el cajón de la mesita auxiliar, del dormitorio del hotel, donde siempre me tiene preparado algún vibrador o juguetito nuevo… Y… -¡Voila!- allí, entre preservativos de mil sabores, me había guardado, otra vez más, un nuevo “kit” de aparatitos para desatar mi lujuria…

Cogí uno de ellos, con forma de pato, súper gracioso; pero no por ello menos tentador… y lo introduje en mi vagina lentamente, pulsando el botón “on”.

El animalito de silicona comenzó a vibrar rápidamente en mi interior, estimulando mi clítoris y mis labios al mismo tiempo; provocándome deliciosos espasmos, mientras yo seguía devorando a mi macho, como una gata en celo, moviendo mis caderas, tumbada sobre él, todavía boca abajo: chupeteándole, arañando su espalda, glúteos y muslos; gimiendo de gozo los dos….

Como era de esperar, de pronto, mi hombre se incorporó, para hacer un cambió de roll, convirtiéndome a mí en sumisa.
Me tumbó boca arriba, atando mis muñecas al cabecero de la cama, con la cuerdecilla del albornoz, que tenía a mano.

 

– Ahora te vas a enterar, perra- emergió de su Boca en un tono grave y lascivo…

Un gran escalofrío recorrió mis venas, erizando cada vello de mi piel, contrayendo mis pezones enrojecidos, mientras me poseía, embistiéndome salvajemente.

Mi mente se diluía en éxtasis… no podía pensar en nada más.  Emputecida, le gritaba que no parara de meterme aquella enorme polla bañada en acéites, que me presionaba con fuerza todo el coxis…

Perdí la noción del tiempo. Creo que pudimos estar follando como tres horas, empapados en fluídos de toda índole…la cama era una piscina, un mar de perversión y cortantes olas de placer indecible.

Un Extasis con olor a sexo, lavanda y vainilla de Tahití.

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