Sorprendida en las Alturas

En esta ocasión seré yo quien te sorprenda.

Dijo mi amante a contrarreloj a mi oído, en su coche. Sólo sabía que era un hombre atractivo y adinerado. Alguien importante, lo que todos conocemos como un pez gordo.

Había reservado una noria de cabinas privadas sólo para nosotros. Nunca había subido a una, la verdad es que me daban algo de vértigo las alturas, pero me lo había pintado todo tan excitante que no pude negarme.

Tras el camino en coche, donde empezaron las caricias y los besos fugaces, llegamos al sitio donde pasaríamos el rato. Bajó del vehículo para abrirme la puerta y ofrecerme su mano para bajar. El hombre era realmente un galán y caballeroso. Habíamos quedado varias veces y siempre que quedaba con él, antes de comenzar con las sesiones de sexo improvisadas y fantásticas, me trataba como a una auténtica princesa. Cómo mujer que soy, debo reconocer que me encantaba sentirme así. Luego en pleno acto sexual todo cambiaba ciento ochenta grados, y la delicadeza y la ternura se transformaban en pura lujuria, descaro y éxtasis. Sexo del bueno, del que me gustaba, en el que acababa sintiéndome sucia.

Al llegar a la noria, un señor nos esperaba. Ataviado con un uniforme parecido al de botones de un hotel. Era de noche, medianoche para ser más concretos. Tras unos breves minutos en el que ambos hablaron, supongo que concretando los últimos detalles, la cabina se abrió y entramos.

Disfrutad. – Sonrió simpático.

Agarrada a su brazo, me condujo hasta uno de los sillones de la cabina. Aquello era precioso, nunca había visto nada igual. Me senté y él se apresuró a abrir una botella de cava para servir un par de copas.

Un pitido nos avisó de que aquello empezaría a ponerse en marcha. Me puse en tensión.

Relájate, conmigo estás segura. Dijo mientras se ponía detrás de mí y empezaba a masajearme el cuello.

Sus manos eran mágicas, todo lo que hacía con ellas, lo hacía bien. Me sentía realmente afortunada. Al notarlas sobre mí, un cosquilleo empezó a aparecer en mi entrepierna. Solo podía pensar que cada segundo que pasaba, nos acercaba más a nuestra sesión de placer.

La cabina comenzó a moverse, pero gracias a él, casi ni me percaté de que empezábamos a coger altura. Mi miedo se fue desvaneciendo y mi excitación comenzó a subir. Sus labios se acercaron a mi oído, y empezó a besarme el cuello mientras sus manos se deslizaban brazos abajo.

Sin darme cuenta, ya estábamos arriba del todo. Me cogió de la mano y me llevó a la cristalera para que pudiese ver las vistas.

Aquello era impresionante, se veía toda la ciudad, con sus luces y sus encantos. Y la luna allí, preciosa, encima de nosotros.

Me agarró por la cintura, apretando su paquete contra mi culo. Me cogió las manos y las puso contra el cristal, a los lados de mi cabeza y su boca se acercó a mi oído. Al notar su respiración todos mis vellos se erizaron. Cerré los ojos y me mordí un labio. El juego acababa de empezar.

Me giró con maestría y empezó a besarme con pasión. Nuestras lenguas cada vez más cachondas, luchaban entre ellas,investigando cada rincón de nuestras húmedas bocas. Mis manos empezaron a acariciar su pecho fuerte y comencé a desabrocharle la camisa. Una de sus manos bajó por mi cintura y agarró fuerte mi sexo húmedo. Como diciendo que aquello era suyo en ese momento. Un gemido se escapó de mis labios mientras le desabrochaba el pantalón, y mi mano empezó a jugar con su polla, durísima, enorme. Sólo quería sentirla dentro de mí. Lo necesitaba.

Me puso de nuevo contra el cristal, con fuerza. La delicadeza ya no tenía sitio entre nosotros. Me subió el vestido y dio un fuerte azote a mi culo desnudo. En ese momento, empezó a pasar su polla por él, dejando su rastro mojado. Excitándome más.

Fóllamelo. Acerté a decir desesperada.

Con su mano apartó mi tanga, y comenzó a tocar mi sexo mojado y sin avisar, me penetró con dos de sus dedos. De un golpe. Comenzó a meterlos y a sacarlos con fuerza, con su otra mano agarró su verga cachonda y la puso en la entrada de mi ano. Estaba preparada para sentir su brutal penetración. Esa que vino unos segundos después y me desgarró por dentro. Sus dedos seguían follándome la vagina, estaba enloquecida de placer… Me gustaba tanto sentirme llena… Sus dedos por delante y su enorme polla por detrás… Ahora si podría rozar las estrellas de verdad…

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