Sacas lo Peor de Mí

Me senté sobre sus piernas y comenzamos a besarnos desesperadamente. Parecía que me quería devorar, mordiendo mis labios ansioso.

Era un hombre fuerte y me daba un poco de miedo. Eso es lo que más le gustaba a él, sentirse poderoso, y lo que más me gustaba a mí, sentirme vulnerable. Sabía que no iba a pasarme nada, pero a veces era tan salvaje que me hacía sentir ese miedo que me excita tanto.

Aunque me encantaba sentir esa sensación de vulnerabilidad que me proporcionaba, me sentía un cachorrito entre sus manos. Podía haber algo más sugerente!?

Se levantó conmigo en sus brazos agarrada a su cuello, sin dejar de besarnos. Notando su torso desnudo y musculado contra mis grandes pechos naturales. Me encantaba su cuerpo y adoraba entregarme a él. Ese hombre me provocaba tanto, que en alguna ocasión me hizo disfrutar de un sucio orgasmo sin ni siquiera tocarme.

Con fuerza me lanzó sobre la cama, dejándome allí tirada, indefensa, y sobre todo, expectante. Expuesta a que pudiera hacer conmigo lo que él quisiera, todo cuanto quisiera. Se puso sobre mí y empezó a llenar mi cuerpo de besos húmedos. Podía ser tan agresivo unas veces y tan tierno otras, que nunca sabía que podía esperarme con él. Mis vellos se erizaban cada vez que notaba sus labios o su lengua pasar por mi piel, me excitaba tanto que mi entrepierna empezaba a delatarme descaradamente.

Echó hacia un lado mi minúscula ropa interior, y pasó su lengua por mi sexo, tan evidentemente emputecido. Un gemido se escapó de mis labios y mis manos agarraron con fuerza la almohada, solo así podía ahogar mis alaridos. Pareció enloquecer y continuó comiéndome con rapidez, hambriento, disfrutando cada gota de mi preciado jugo.
Sus cunnilingus eran excepcionales, sabía lo que tenía que hacer en cada momento, conocía los secretos del arte de lamer. En un momento de descontrol, mordió mi clítoris hinchado, haciéndome un poco de daño, pero lo compensó penetrándome sin aviso con uno de sus grandes dedos.

Seguía ahí abajo, totalmente entregado, disfrutando como un niño mientras jugaba conmigo, haciéndome rozar la locura cual fulana callejera. Empezó a follarme con sus dedos y a pasar su lengua en círculos sobre mi “botoncito” del placer. Estaba a punto de explotar, mis manos se dirigieron a su cabeza y lo agarré del pelo obligándole a continuar, casi asfixiándole, así hasta que por fin obtuve mi premio. El primer orgasmo de esta noche.

Levantó su cabeza y me miró desde abajo, con la barba empapada de mis flujos, sonriendo pícaro.
Creo que los hombres no sois conscientes de lo hermosos que se os ve así, mirándonos desde abajo. Mi come coños favorito sonreía satisfecho de lo que acababa de conseguir, se limpió un poco y vino hacia mí.

Volvió el depravado sexual, el enfermo. La tarde iba mejorando por momentos. Giró mi cuello hacia un lado y me mordió con fuerza. Realmente me dolió pero otra vez, el placer fue mayor. Me tenía completamente loca. Fuera de mí. Necesitaba una gran castigo por su parte. Sentirme desgarrada por su imperiosa y despiadada polla, sentirme utilizada.

Sin previo aviso, sentí esa brutal embestida en mi húmeda y excitadísima rajita. Puse mis manos en su espalda, y comenzó a embestirme una y otra vez, metiéndomela hasta el fondo, con un golpe duro y seco tras otro, hasta notar como sus huevos chocaban en mí. Arañé su espalda y enloqueció aún más, y me miró desafiante.

Aumentó la velocidad de forma exagerada. Al principio era una mezcla de placer y dolor, pero con cada penetración el dolor desaparecía y se transformaba en la lujuria más placentera.

Ninguna mujer debería dejar este mundo sin haber sido follada como una auténtica perra.
Aquel hombre no tenía fin, era incansable y eso me encantaba.Su preciosa polla seguía totalmente erguida, y él no se corría. Tenía un control absoluto, y yo volví a correrme como si fuera el primer gran polvo de mi vida.

Volvió a mirarme y a besarme con dulzura, con su pene aún dentro de mi impúdica vagina. La sacó con delicadeza y me dio la vuelta en la cama.

Quiero que seas mi perrita. Fue lo único que dijo.

Me puse a cuatro patitas, ofreciéndole mis encantos más ocultos como si de una ofrenda al mismísimo Dios se tratara.

Lo golpeó con fuerza, con tanta fuerza que me ardía la nalga derecha y una lagrima corría veloz por mi mejilla. Antes de recuperar el aliento de semejante azote, me dio dos más, y colocó su polla en la entrada de mi estrechito trasero. Untó un poco de vaselina en él y la extendió con mimo, y me la metió de un solo golpe, haciéndome gritar como no pude hacerlo cuando sentí el primer latigazo en mi preciosa colita.

Estiró su brazo mientras me follaba por detrás, y agarró un juguetito que había traído para esta ocasión, y sin avisar, profano mi sexo dolorido, llenándome por completo.

Me hizo sentir como una fulana cualquiera. Gozaba como una perra a más no poder, y me proporcionó un tercer y fabuloso orgasmo. Justo después de mi último espasmo, sentí como su leche caliente me manchaba la espalda…

2 Respuestas a “Sacas lo Peor de Mí”

  1. Antonio Fernández

    Uno de tus mejores relatos. Duro sin ser soez. Directo sin ser obvio. Suciamente gozoso. Como el sexo que todos deseamos.

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    • Blanca

      Veo que has sabido ver como lo viví.
      Mil gracias por el comentario. Da gusto ver que alguien nos va leyendo.

      Un besazo, Antonio
      Muaka

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