Nunca es demasiado grande

Daniel, es un hombre fantástico.  Realmente, tuve una cita muy agradable con él. Es una persona atenta, cariñosa, respetuosa y muy fogoso. El único problema que tenía, era su inseguridad. Con aquel impresionante físico que lucía, cuidado al mínimo detalle, y con esa personalidad arrolladora y caballerosa, no entendía muy bien porque tenía tanta inseguridad, hasta que fue capaz de decírmelo…

La cita comenzó en la casa de un familiar lejano suyo, al que veía sólo para temas laborales muy de vez en cuando, ya que trabajaba fuera del país, donde tenía una gran empresa de telecomunicaciones.

Me eligió para ser su acompañante, por el simple motivo de que esa persona siempre estaba presumiendo de sus amantes jóvenes y perfectas. Él también quería presumir de chica, y me escogió a mí. La verdad es que me sentí muy alagada por el detalle.

Fuimos a casa de este hombre a cenar y a que hablaran de cómo iban los negocios, de las novedades y demás detalles que no voy a mencionar. La cena discurrió de forma normal, conversación refinada y muchos temas laborales de por medio. No puedo decir que fuera aburrida pero tampoco fue una fiesta, no nos vamos a engañar.

Al acabar el postre, la reunión “familiar” acabó y Daniel y yo nos fuimos para continuar con nuestra cita en otro lugar y de otra manera.

Subimos a su coche deportivo, un Ferrari que quitaba el aliento. Entonces fue cuando tuvimos esa primera conversación tan importante.

Hablamos un poco de nuestras vidas, sin dar tampoco demasiados detalles, yendo bastante al grano en más de una ocasión. Empecé a pasar mi mano sobre su muslo y a insinuarme como una cachorrita hambrienta, necesitaba que empezara la acción…

  • ¿Qué esconderás ahí? – Pregunté con tono sexy mientras acariciaba fugazmente su paquete.
  • Creo que no te gustará mucho lo que hay. – Contestó mostrando bastante inseguridad.

Justo en ese momento, me contó lo que pasaba. Su gran complejo era precisamente de tamaño. Decía tener un miembro demasiado grande, y que eso le había dificultado en más de una ocasión el tener relaciones sexuales. Las chicas sufrían con aquel aparato más de lo que disfrutaban.

Os mentiría si dijera que mi entrepierna no comenzó a  volverse loca. Mi sexo deseoso asimiló la información y deseaba sentir aquello que parecía tan malo, dentro de él.
Sonreí y le dije que no se preocupara, yo no saldría huyendo ni pondría impedimentos o excusas. Había visto falos muy grandes y más pequeños, y con todos y cada uno de ellos, me lo había pasado bien. No veía el momento de llegar al hotel y poder verlo con mis propios ojos.

Pocos minutos después llegamos, subimos a la habitación y nos sentamos en la cama. Daniel estaba nervioso, su respiración le delataba y yo no podía seguir soportando mi curiosidad. Necesitaba ver a realidad.

Sin mediar palabra, me senté sobre él, rodeando su cintura con mis piernas y su cuello con mis brazos y comencé a besarlo con desesperación. Mordiendo sus labios y penetrando su boca con mi juguetona lengua sin descanso.

Con rapidez, comenzó a subir la temperatura. Sus manos comenzaban a acariciar mi cuerpo por debajo de la ropa, y yo me movía de forma provocativa sobre su paquete que ya comenzaba a marcarse y a agrandar su tamaño.

Dejé de besarlo por unos segundos y le empujé hacia atrás, dejándole tendido en la cama y a mi disposición. Le desabroché la camisa, botón por botón, mientras con mis labios recorría su perfecto pecho y bajando por esos abdominales bien definidos que tanto me gustan en un hombre.

Al llegar al botón de su pantalón, alcé la mirada y me quedé mirándole a los ojos mientras sonreía de forma pícara. Él respondió mientras suspiraba entre preocupado e impaciente.
Lo desabroché y liberé a la bestia. Madre mía… Sí que tenía una polla considerable. Ya no sólo por tamaño que perfectamente superaba los 23 centímetros, si no por su grosor…

No pude contenerme. Ese manjar era demasiado apetecible así que me lancé sobre él y comencé a mamar como si estuviera sedienta y quisiera exprimirla. Sus gemidos comenzaron a aparecer, ya no estaba nervioso.

Sentía como mi ropa interior estaba empapada por mis propios flujos, necesitaba callar a mi emputecido sexo suplicante. Me quité las braguitas de encaje negro y coloqué su capullo rosado en la entrada de mi agujerito. Aquello iba a ser toda una fiesta… Me incliné un poco hacia delante, sujetándole sus manos con las mías y de una profesional sentadilla, me clavé su gigante verga haciendo que perdiera la cordura, poniéndome los ojos en blanco y haciéndome gritar como nunca.

 

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