Mírame

  • Lo único que quiero que hagas, es que me mires.

Esas fueron las palabras de Miguel, mi amante a contrarreloj.
Miguel era un hombre de unos sesenta años, tenía una mirada que me intrigaba incluso me atrevería a decir que me ponía un poco nerviosa. Imponía. Cuando me dijo lo que quería que hiciera me quedé algo sorprendida, no me había encontrado con muchos hombres que tuvieran esas peticiones, pero por supuesto, acepté encantada.

Me citó en su propia casa. Vivía solo en un gran chalet en el que compartía hogar con su ama de llaves. Una mujer extranjera de mediana edad que se encargaba de hacer todas las tareas.

Cuando terminé de prepararme salí de casa algo impaciente, tenía ganas de ver que me esperaba con aquel interesante hombre, y no mentiré, deseaba profundamente que los planes cambiaran y decidiera tener una buena sesión de sexo conmigo. No puedo evitarlo, me sale mi instinto primitivo en cuanto un hombre concierta una cita conmigo. Amo el sexo y aquel hombre me inculcaba mucha curiosidad.

Cuando llegué a la casa en cuestión, llamé a la puerta mientras me colocaba bien el vestido elegido para la ocasión y pocos segundos después, la mujer me abrió.

  • Bienvenida a casa, señorita. – Dijo sonriente con un acento meloso muy bonito.
  • – Dije amablemente, y me adentré en la casa con decisión.
  • Siéntese, el caballero llegará en un momento.

Haciendo caso a la ama de llaves, me senté en el sillón del salón a esperar a mi hombre. No sabía dónde estaba y cada vez eran más grandes mi curiosidad y mi impaciencia.

La mujer vino a ofrecerme algo de beber, a lo que respondí sonriendo que sólo quería un poco de agua fresca. Sentía la boca seca quizás por los nervios que iban creciendo por segundo que pasaba. No tuve que esperar demasiado, cuando ingería un trago de agua escuché unos pasos que se aproximaban escaleras abajo.

  • – Me dijo bajo el marco de la puerta del salón con esa voz grave que le caracterizaba.
  • Hola, Miguel. – Saludé mientras me incorporaba para saludarle con dos besos en las mejillas.

Se sentó conmigo y empezó a hablarme un poco. Me dijo que si me parecía raro que sólo quisiera que le mirara masturbarse y hablamos también de su vida. Hacía años que se quedó viudo y desde entonces se hizo la promesa de que nunca más iba a tocar a una mujer pero eso no le quitaba el placer de poder disfrutar de su compañía. Ahora entendía todo un poco mejor y me levantó cierta ternura pero lo único que consiguió con eso fue que tuviera más ganas de darle un poco de calor humano bajo las sábanas.

Después de esa agradable charla, subimos a su habitación. Nada más entrar me ofreció asiento sobre la cama.

  • Siéntate, yo voy a prepararme. – Y justo después entró al baño de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

Un par de minutos después apareció completamente desnudo. No me lo esperaba. Mis ojos se abrieron como platos mientras una sonrisa se dibujaba en mis labios.

Su pene caído me hizo imaginar como sería cuando se empalmara y agrandara su tamaño. Me moría de ganas por verlo.

Luego se sentó a mi lado y agarro su flácido miembro entre su mano derecha para comenzar a masajearla poco a poco mientras me miraba sin quitarme el ojo de encima.
No pude evitar morder mi labio inferior con morbo. No sabía si sería capaz de aguantar mis ganas. Ese pene flácido comenzaba a ponerse duro y mis ganas eran casi insoportables.

  • ¿No puedo ayudarte un poco? – Pregunté casi con desespero.
  • No… Mi promesa… – Contestó él sin dejar de masturbarse.

Me puse de pie y me arrodillé en el suelo, entre sus piernas, dejando mi rostro a escasos centímetros de su polla.

  • Tú no me vas a tocar y tu promesa no se romperá.

Vi como sus ojos se abrían y una leve sonrisa se dibujaba en sus labios. Mi idea le había gustado. Acepté aquello como un sí, acerqué mi boca a su hambrienta verga y comencé a mamar como la fulana en la que me convierto… A veces…

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