Los Juegos de Blanca

Quiero que obedezcas cada una de mis peticiones, me limitaré a mirarte y decidiré cuando tomaré parte en el juego, ¿de acuerdo?

 

Todo lo que me pidas, lo haré.

Contesté de inmediato y sin parpadear. Me atrevería a decir que aquel juego, incluso me daba más morbo a mí que a él. Estábamos en la habitación de su casa, él sentado en un sillón de piel frente a mí, que estaba tumbada en su cama, desnuda y ansiosa.

 

Acaríciate el cuerpo… – Pidió morboso, mientras acomodaba su mano dentro del pantalón.

Con sensualidad, empecé a pasar mis manos por mi cuerpo, entreteniéndome en mis pechos, acariciándolos, estrujándolos y pellizcando mis pezones. Si eso le gustaba tan solo la mitad que a mí, el éxito estaba garantizado.

Bajaba hacia mi tripa, y las pasaba fugazmente sobre mi sexo que empezaba a humedecerse. Mis ojos estaban clavados en los suyos. Me insinuaba mordiendo mis labios y pasando la lengua sobre ellos mientras esperaba sus instrucciones. Estaba deseando pasar al siguiente nivel, podía ver como su mano empezaba a acariciar su polla escondida aún para mi deleite. Me moría de ganas por verla…

Así me gusta cachorrita! Ahora chúpate los pezones.

Obedecí enseguida sin ni siquiera mediar palabra, cogí mis senos con las manos subiéndolos un poquito, y bajé mis labios hacia ellos para pasar mi lengua juguetona sobre mis pezones duros y erectos. Aquel juego me estaba gustando demasiado, me ponía como loca ver las expresiones de excitación en su rostro. Una de las cosas por las que tanto me gusta mi trabajo es justamente eso, ser capaz de producir tantas sensaciones en otra persona. Que me deseen… Que me devoren y disfruten a su antojo… y por supuesto, gozar con ellos.

Me gusta cumplir las fantasías de los hombres que me eligen, me gusta tanto, que mi vida gira en torno a eso, y eso, me excita aún más.

Ahora quiero que empieces a masturbarte, como más te guste, pero despacio… Yo iré marcando el ritmo desde aquí.

Sonreí pícara y bajé mi mano a mi entrepierna, empecé a acariciarme con mimo, suave, con la misma delicadeza con la que lamería a la mujer más preciada y frágil . Subí un momento a mi boca y me chupé algunos de mis dedos y luego volví a bajar mis manos y empecé a acariciar mi clítoris, sensible e hinchado como el de una fulana a punto de explotar. Algunos gemidos empezaron a escaparse de mis labios, y al ritmo de mis gemidos el acariciaba su aún desconocido miembro.

Se puso de pie mientras yo seguía tocándome, sin quitarme el ojo de encima se desnudó de cintura para abajo, dejándome ver por fin su enorme verga apuntando hacia mí. Al verla no pude evitar pasar la lengua por mis labios, deseosa de probar su sabor.

Se acercó lentamente hasta los pies de la cama, y ahí se quedó, quieto, masturbándose muy despacio mientras me observaba de cerca y con interés.

Abrí todo lo que pude mis piernas, para que pudiera ver lo mojada que estaba. Mi instinto de exhibicionismo descontrolado. Todo aquello era una dulce y lujuriosa locura. Mi flujo empezaba a caer vagina abajo, mi clítoris estaba hinchado y muy cachondo. Bajé uno de mis dedos hasta la entrada a mi jardín de las delicias, y empecé a jugar allí, hacía el amago de meter el dedo, pero sin llegar a hacerlo. Solo jugaba, subiendo aún más mi excitación y mi deseo. En realidad me moría de ganas de que aquel degenerado me follara como a una perra, pero tenía que seguir las reglas del juego. Sus reglas.

 

Que mojada estás… Quiero que metas un dedo ahí y luego me lo des a probar.

Sin pensármelo introduje uno de mis dedos juguetones dentro de mí, de un golpe. Completamente. Lo saqué y se lo acerqué a los labios, los que abrió para chupar mi jugoso elixir.

Uff… Eres toda una delicia… Luego quiero comerte y que te corras en mi boca. Quiero beber de mi perrita.

 

Puedes hacer lo que quieras… Yo también quiero probar tu sabor… Si me lo permites. – Dije hambrienta.

 

Ven. – Dijo tajante -.

Me acerqué a él gateando sobre la cama hasta que su polla quedó apuntando a mis labios.

Pruébala, pero solo un momento.

Entreabrí los labios y chupé, como si de un chupa-chups se tratase, su capullo rosado.

Ya… Aléjate y sigue con lo que estabas haciendo.

Como la perrita obediente que soy, hice lo que me ordenó. Me tumbé abierta de piernas hacia él y empecé a penetrarme con uno de mis dedos despacio pero fuerte, y él siguió masturbándose.

¿Te ha gustado chuparme? – Preguntó autoritario -.

 

Es de las mejores pollas que he tenido el gusto de probar. – Contesté entre gemidos.

 

Mete otro dedo más. Fóllate tu misma .

Y otro de mis dedos se abrió camino en mi interior mojado y cachondo.

Así no. Fóllate todo lo fuerte que puedas. Quiero verte salvaje.

Empecé a follarme deprisa y con brutalidad, sin ningún cuidado ni delicadeza. Estaba extremadamente cachonda, mojada, y ni siquiera podía pensar, sólo quería seguir sintiendo todo ese placer, quería morir en ese instante, y decirle con la mirada, suplicante, que me follara con aquella verga hasta destrozarme.

De un salto se puso sobre mí en la cama, sin avisar. Sujetando mis manos con las suyas por encima de mi cabeza, y noté como aquel enorme falo se abría paso en mi jugosa cueva a punto de explotar. Sin pedir permiso, la introdujo con una terrible embestida que sentí rebotar en mi estómago. Enloqueciéndome. Sentí un poco de dolor, pero el placer y la locura era tanta que no me importó. Realmente quería que me destrozara, necesitaba sentirme vulnerable. No quería delicadeces, sólo sexo desenfrenado. Necesitaba tener un orgasmo, necesitaba mi aire…

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