La dependienta

Marga era una chica a la que conocía desde hacía bastante tiempo. Era la dependienta de la tienda en la que solía ir a comprar ropa. Tenía un par de años más que yo y siempre que iba allí, me trataba con una simpatía especial. Nuestro trato nunca había ido más allá hasta que una noche, coincidimos en el pub.

Estaba allí con mis amigos tomando unas copas mientras nos reíamos y charlábamos cuando fui a la barra a pedir otra ronda y me encontré con ella.

  • ¡Vaya, hola Marga! – Le saludé rápidamente sonriendo.
  • ¡Hola, guapa! Qué casualidad. – Contestó devolviéndome la sonrisa mientras nos dábamos dos besos en las mejillas.

Le pregunté que si estaba sola, me dijo que sí y le invité a que se uniera a nosotros. Aceptó de inmediato.

Los minutos fueron pasando con normalidad, entre risas y anécdotas personales hasta que comenzó a sonar la música y salimos a la pista de baile a mover un poco el esqueleto.

Marga comenzó a bailar conmigo, moviéndose con sensualidad, rozando su cuerpo con el mío sin pudor. Nuestros pechos se rozaron en más de una ocasión y hubo varios segundos en los que nuestros labios se quedaron tan cerca, que casi se tocaban.

Después de ese baile comencé a pensar que a Marga le gustaba y sinceramente, yo sentí atracción por ella aquella noche. No era algo nuevo para mí, había tenido alguna experiencia lésbica anteriormente pero hacia bastante que mis relaciones sexuales se limitaban a personas de sexo masculino… Quizás eso fue lo que hizo que la idea de tener algo más con ella en aquel momento, se convirtiera en algo más que apetecible…

Marga me rodeó la cintura con sus manos y me besó con dulzura sin pedir permiso. Me quedé mirándola a los ojos un segundo y luego me limité a sonreír. Me cogió de la mano y me preguntó si quería ir fuera con ella. Por supuesto, no me negué y salimos del local.

Notaba como si sexo se había humedecido y un calor reconocible me recorría el cuerpo.

Una vez fuera, sin soltarme la mano me llevó hasta la zona trasera del pub. No había absolutamente nadie y la única luz que nos alumbraba era la tenue bombilla de una farola.

Sin dejar de sonreír, poco a poco me fue empujando contra la pared, acorralándome y sin dejarme escapatoria. Me agarró las manos con las suyas y las puso por encima, a ambos lados de mi cabeza. Sus labios empezaron a acercarse a mi cuello y noté como su lengua pasaba por él haciendo que mis vellos se erizaran, después de eso vino un mordisco y no pude evitar que un tímido gemido se escapara de mi interior.

Después de eso comenzamos a besarnos con frenesí, y nuestras manos impacientes empezaron a adentrarse por debajo de nuestra ropa, tocando cada milímetro de nuestra piel.

Cada vez sentía más humedad entre mis piernas, me moría de ganas por sentir sus dedos jugando con mi excitado sexo hambriento.

Cuando sentí como su mano derecha se adentraba por debajo de mis pantalones, la locura se apoderó de mí y le susurré al oído:

  • No me hagas esperar más…

Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios y sus dedos comenzaron a pasear por mi clítoris hinchado, masajeando en círculos y pasando de arriba abajo…

  • No sabes cuánto tiempo llevaba esperando esto. – Me dijo mientras uno de sus dedos jugueteaba con mi estrecha y mojada entrada.

Y justo después de eso, me penetró hasta el fondo con él. Empezó a follarme allí, contra la pared, mientras mis gemidos iban escapando de mí, haciéndome rozar el cielo. Después de ese profesional dedo, otro más entró a hacerle compañía en un vaivén de placer completamente perfecto…

 

 

 

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