Húmedos Recuerdos

Manuel , vamos a llamarlo así, ha sido uno de mis amantes a contrarreloj favoritos. No era el que más venía a verme, aunque lo hacía con mucha frecuencia, tampoco era el más guapo y fornido ni siquiera el más amigable, pero era el más morboso de todos. Ideal para dar rienda suelta a una sexualidad perturbadora.

Un chico joven, estudiante universitario y aficionado a las apuestas, tiene una cabeza prodigiosa. Inteligente, metódico y muy maniático.

Cuando llegué nueva a la casa y sin ninguna experiencia previa, Manuel ya era conocido entre las chicas por sus exigencias y excentricidades. Si algo no le gustaba, lo decía, y créeme que se hacía oír. Sus extensas experiencias publicadas en conocidos foros de puteros le hacía uno de los más temidos, y eso, le hacía aún más interesante.

No podría relataros nuestro primer encuentro. Recuerdo que me habían avisado de que era un hombre un tanto tiquismiquis, así que procuré cuidar ciertos detalles. Compré sábanas y toallas nuevas, lencería y zapatos a estrenar y ni pizca de maquillaje. Una luz clara e intensa dejaba ver una habitación blanca y perfectamente ordenada. Cada cosa estaba en su lugar, y yo, estaba preparada. A partir de ahí fue todo tan natural y común que casi no recuerdo nada más de ese día, pero sí tengo grabadas muchas imágenes que explican por qué Manuel se convirtió en el cliente al que siempre esperaba ansiosa.

Con el pasar del tiempo y un sin fin de horas compartidas, Manuel y yo ya eramos un poco cómplices. Había un respeto absoluto y me atrevería a decir que cierta admiración por parte de ambos. Nos contábamos nuestras historias o aventuras y compartíamos cenas, copas y paseos después de nuestros encuentros. Me acompañaba a casa y se despedía con un abrazo amigable para vernos unos pocos días después, pero cuando se trataba de sexo, todo se tornaba oscuro.

Nuestros encuentros eran las sesiones de sexo más intenso que podía imaginar. Un día me follaba justo detrás de la puerta, y si escuchaba pasar gente por la calle me hacía gemir como una fulana. Me encantaba sentirme así con él. Otro día llegó, me arrodilló, y me hizo seguir su polla por con la boca abierta y la lengua fuera por las tres habitaciones. Era impredecible, el único denominador común en todas nuestras citas era su mirada, su expresión, siempre desencajada y con los ojos inyectados en sexo. Con él quería experimentar siempre un poco más. Acababa pidiéndole siempre un poco más.

Siempre que era posible cogía las citas fuera de horario para asegurarnos de que no había ninguna compañera merodeando por allí, y lo primero al vernos era el sexo. Eramos animales en época de celo.

Le abrí la puerta con una pequeña toalla blanca y zapatos de tacón de aguja como única indumentaria. Me encantaba ver su cara cuando hacía cosas como esa, y le dije que ese día me sentía más puta que nunca. Me agarró del pelo y la mandíbula con fuerza y me lamió la boca, y automáticamente soltó mi cara para meter su mano entre mis piernas. Dios mío. Estaba empapada. De verdad ese día me sentía más sucia que nunca, y cuanto más sucia me siento, más quiero que me utilicen y hagan de mí a su antojo.

Creo que no me soltó del pelo en ningún momento. Si te agarran bien pueden inmovilizarte enseguida, y de manera involuntaria, salió perfecto. Me había puesto contra la pared, apretando mi cara contra ella, aún tras la puerta, creyendo que era él quien me obligaba a levantar el culo para mostrarle mi vergüenza. La humillación chorreaba por mis piernas y yo, estaba más dispuesta que nunca.

Manuel me conoce bien, sabe que si hay algo que me gusta tanto como tener un pene erecto justo delante de la cara, es la masturbación. Practicarla y que me la practiquen, acompañada o en solitario, manual o con masturbadores y juguetes. No importa cómo. La masturbación, mis lascivos lectores, es la más dulce de las adicciones.

Justo así, con la fría pintura aplastando mi mejilla izquierda y el culo erguido pidiendo guerra, Manuel metió dos de sus dedos en mi agradecido agujerito. Sabía como hacerlo. Puso la palma de su mano hacia abajo e introdujo sus dedos indice y corazón, encontrando sin dificultad alguna ese gran desconocido para los hombres, punto G.

Recuerdo sus palabras como si las estuviera jadeando abruptas junto a mi oído.

– Cómo eres tan puta? – Pero yo seguí callada. -Contesta, gritó.

Yo moví el culo lloriqueando, quejicosa, y a él pareció convencerle mi respuesta. No podría asegurarlo, pero creo que yo estaba literalmente babeando la pared, como nunca me había visto.

Su mano había cogido un ritmo constante, tranquilo, presionando justo ahí, provocando que mi lloriqueo se volviera más suplicante y me llevó a la habitación que utilizábamos siempre, lo hacía entre empujones y jirones de pelo, yo me moría por ir, pero parecía que me llevara a la fuerza. Me tiró a la cama en un excitante gesto de desprecio dejándome boca arriba y volvió a cogerme del pelo, yo me revolvía excitadísima mientras Manuel abría mis piernas y metía otra vez sus profanadores dedos en el coño de la que ya sí era la más puta de todas, y empecé a revolverme menos. Ya solo empujaba mis caderas hacía abajo para que sus dedos presionaran constantemente, evidenciaba la mayor de mis debilidades, y él metió un dedo más.

Mi actitud permaneció sumisa y suplicante, pidiendo más sin decir palabra. Mi cuerpo gritaba que quería más y Manuel disfrutaba creyendo que era él quien decidía la intensidad. Tenía, literalmente, el coño lleno de la mano de aquel cerdo, y el dolor era como una adicción, daba igual que me doliese, no podía parar de mover las caderas buscando que me invadiese un poco más. Ese dolor me hacía sentir que era lo menos que merecía por ser la más puta de todas.

Cada vez se volvía más excitante. A cada momento perdía más la razón y suplicaba un poco más. Me había vuelto una zorra manipuladora. Manuel me follaba con su mano y a mí parecía que me estaba violando. Pero era yo quien le pedía que me violara, que me utilizase, que me hiciera daño. Quería que de verdad se aprovechara de mí y yo cada vez me estaba volviendo más loca, y pasó. Mi vagina escupió como nunca lo había hecho antes, la cama se iba empapando a pequeños chorritos de placer mientras mi adorado violador se disponía a empezar el juego…

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