Húmeda en la Ducha

Hoy cumpliré la fantasía de un amante bastante especial. Es un chico joven, más o menos de mi edad, adinerado y bastante morboso. Su fantasía es ver como una mujer se masturba en la ducha utilizando sus manos y el chorro de agua. Sólo espero que después de ver como me hago el amor a mi misma, quiera entrar conmigo en esa ducha y follarme hasta quedar sin aliento.

Estábamos en la habitación del hotel, tirados sobre la cama nos besábamos y tocábamos para ir calentando el ambiente un poco.

Nada más verlo esa noche, mi libido se disparó. El chico estaba realmente tremendo, un cuerpo moldeado por largas horas de gimnasio, fuerte, guapo, moreno, alto. Era una verdadera delicia pasar mis labios y mis manos por aquellos abdominales tan definidos.

Me quitó la ropa en un abrir y cerrar de ojos con una agilidad que me sorprendió, dejándome completamente desnuda, y se quedó unos segundos admirando mis peligrosas curvas mientras se mordía el labio. Me encanta esa sensación de deseo que veo en mis amantes a contrarreloj, nada me excita más que sentirme deseada.

Al igual que él hizo conmigo, yo también le quité toda la ropa, y tras aquellos bóxer saltó disparada su juguetona y dura polla. Preparada para empezar el juego.

En mi cabeza no podía quitarme la idea de probar su sabor. Tenía una pinta tan apetecible que tuve que reprimir con ímpetu mis ganas de devorarla.

Le cogí de la mano y le pedí que me acompañara al baño. Se sentó en una silla que habíamos colocado frente la ducha, donde me metí de inmediato.

Abrí el grifo, gradué el agua y dejé la alcachofa sujeta arriba, sobre mi cabeza, y el agua empezó a recorrer cada milímetro de mi piel tersa y suave. Mis pezones se endurecieron tanto y tan rápido, que me dolían, y mis manos empezaron a enjabonar juguetonas mi cuerpo.

Él estaba inamovible, parecía el hombre de piedra, me miraba fijamente con cara de deseo mientras empezaba a masturbarse lentamente, disfrutando del espectáculo que estaba teniendo acto frente sus ojos.

Yo seguía pasando mis manos por todo mi cuerpo, entreteniéndome en mis pechos redondos para pellizcar mis pezones, bajando por mi tripa hasta llegar a mi más preciado tesoro.

Con uno de mis dedos empecé a jugar con mi clítoris, hinchado por la excitación.
La masturbación húmeda era algo bastante común para mí, ya que la practico a diario, pero verle ahí, a poco más de medio metro, me volvía loca. Su cara decía que iba a destrozarme en unos minutos.

Masajeaba mi botón del placer, mientras con mi otra mano jugaba más arriba, me contoneaba, disfrutando al máximo aquella situación. Viendo como a medida que mi lujuria subía, la de mi amante también lo hacía, aumentando la velocidad de sus manos en aquella suplicante verga.

Cogí el grifo de mano, desmonté la alcachofa, y lo puse a máxima potencia. Lo llevé directamente sobre mis pezones y poco a poco, fui bajando hasta llegar a mi húmedo y jadeante sexo. Abrí mis labios inferiores, dejando al descubierto mi clítoris, y apunté hacia él con el chorro de agua. Los gemidos ya no podían seguir en silencio.

En pleno éxtasis, el chico se incorporó y vino hacia mí decidido. Un escalofrío recorrió mi cuerpo culminando en una deliciosa descarga justo en mi entrepierna, imaginando que venía a empotrarme contra la pared, pero no, aún no. Empezó a tocar la entrada de mi cueva con sus dedos mientras yo seguía excitándome con el agua, y sin previo aviso, se abrió camino en mi interior con uno de sus dedos para comenzar a follármelo mientras su pene duro me rozaba los muslos.

Córrete para mí.

Aquellas palabras tenían un efecto mágico en mí. Me superaba escuchar como un hombre me pedía que me corriese. Unos minutos después, entre calambres y espasmos, lo conseguí.

Él sonrió y se miró la polla, y no tuvo que decir nada, lo había entendido a la perfección y además, desde que lo vi moría por probar aquel manjar. Coloqué el grifo arriba y me arrodillé, abrí la boca y comencé a devorarla mientras el agua seguía cayendo por nuestros calientes cuerpos.

Sus manos se agarraron a mi pelo y empezó a tomar el control de la situación, follándome la boca casi sin dejarme respirar, como a mí me gusta. Me encantaba que hiciera eso, me sentía poderosa.

Pocos minutos después, su leche manchó mi preciosa cara.

Sin darme tiempo a reaccionar, me incorporó y me puso contra la pared de la ducha. Era tan atlético que me manejaba como si fuera una vulnerable muñeca de trapo, y rodeé su cintura con una de mis piernas para que su durísimo miembro entrara dentro de mí y me follara tan fuerte como había imaginado al comienzo de la noche.

Recuerdo que me hizo gritar!

Aquello era perfecto, me sentía sucia y limpia a la vez, sentía tanto placer que deseaba que el tiempo se parara. Quería que aquel cerdo me follara una y otra vez.

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