El mejor regalo

 

  • La verdad es que lo único que quiero es que mi marido esté contento. En alguna que otra ocasión me ha pedido cambiar un poco nuestra rutina sexual… Me ha propuesto hacer un trío, intercambio de parejas y cosas del estilo, pero yo no me veo capaz. Había pensado que tal vez, si le hago este regalo, la llama vuelva a florecer con fuerza, ¿entiende?

Sí, la verdad es que podía entenderlo en cierta manera, y respetaba su forma de pensar y su negación a cumplir las peticiones de su marido. Así que acepté, por supuesto.
Yo era el regalo para su marido. Quería que tuviera relaciones sexuales con otra mujer con el pensamiento de que ya que no quiere cumplir sus “fantasías”, al menos pudiera ver de lo que es capaz por demostrarle lo que siente. En realidad… Me parece incluso romántico.

Al día siguiente, me invitó a cenar a su casa. Me pidió que fuera elegantemente vestida y si podía ser de color rojo pues mejor, ya que parece ser que a su marido le pierden las mujeres vestidas de este color. Al fin y al cabo, el rojo es el color de la pasión…
Por supuesto, hice caso a sus peticiones y me puse un vestido rojo ajustado que marcaba a la perfección mis latinas curvas de infarto. Esas a la que tantos hombres habían alabado.
Me perfumé en su justa medida, me puse los tacones de aguja y emprendí el camino.

Vivían en una auténtica mansión. Cosa que delataba su status social de forma descomunal.
El portero me abrió la puerta de entrada y pasé con mi coche hasta la zona de aparcamiento, al lado del porche de entrada a la casa.
Mientras aparcaba, Clarise apareció en la entrada percatada de mi presencia. Al bajar del coche, me dirigí a ella y la saludé con dos tiernos besos en la cara.

– Estás increíble. – Me dijo mientras me sonreía y elogiaba por tener semejante físico.

Me limité a sonreír y a devolverle el piropo. Ella también era una mujer increíble, alta y con un cuerpo bien definido y femenino.

Acto seguido, nos adentramos en la casa y ahí fue cuando vi por primera vez a su marido. Era un hombre maduro, con el pelo grisáceo por encima de los hombros, una medio melena corta y bien peinada.  Algo más alto que yo a pesar de llevar tacones, un cuerpo normal, ancho de espalda pero sin fibrado. Parecía una persona interesante, y por la cara que se le quedó al verme y la sonrisa que se dibujó en su cara… Ya me moría de ganas por que acabase la cena y meternos en la habitación.

La cena fue bastante agradable, mucho cariño y amor entre ellos mientras con descaro usaba mis pies para provocar al marido. Me moría de ganas de probar su sabor y ver que escondía bajo la ropa. Mi fulana interior empezaba a excitarse y no tenía intención de controlarla.

Una vez que acabamos de cenar su mujer desapareció de a sala mientras nos comunicaba que podíamos sentarnos y relajarnos juntos. Como si nos diera permiso para empezar a juguetear como adultos.

No nos lo pensamos dos veces, directamente vino hacia mí y comenzó a besarme apasionadamente. Me empujó contra la mesa para que me sentara sobre ella y le rodeé la cintura con mis piernas calientes mientras seguíamos enredando nuestras lenguas con furia. Parecíamos hambrientos, como si fuéramos dos animales salvajes pelando por la misma presa.
Justo cuando nuestras manos comenzaban a adentrarse bajo nuestra ropa, entró la mujer a la sala. Ambos la miramos, necesitábamos ver su reacción. Simplemente sonrió y se sentó en la butaca de piel de al lado nuestra para ver de cerca lo que ocurría.

Dando por aprobado lo que estaba pasando allí, seguimos a lo nuestro. Desnudándonos con prisa y dejando la ropa tirada por el salón, sin cuidado.

Mi sexo deseoso empapaba ya mi fina y traslúcida ropa interior. No tardó en percatarse de ello y como si el mismísimo demonio se hubiera apoderado de él, me las arrancó con furia mientras se preparaba para embestirme con la misma brutalidad. Iba a desgarrarme de una sola empalada con aquel increíble miembro que calzaba.

Mis vellos se erizaron y giré mi cabeza para ver la cara de su mujer cuando su querido marido empezara a follarme sin importarle nada más. Durante un segundo todo se volvió negro, sentí la fuerte penetración golpeando dentro de mí. Después de esa embestida, vinieron muchas más. Todas con fuerza y descaro…

Cuando recobré la visión vi algo que no me esperaba… Su mujer estaba desnuda en el sillón, mientras se masturbaba con sus propias manos… Parece que la situación no le estaba desagradando tanto como pensaba.

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