Desenfreno

Estábamos los dos solos en la parte trasera de la limusina, de vuelta de una fiesta a la que mi amante a contrarreloj había sido invitado por temas laborales. Yo era su acompañante nocturna.
La fiesta había estado bastante entretenida. Había muchos hombres y pocas mujeres pero la compañía había sido más que agradable. Mi compañero de esa noche era un hombre amable, simpático y sobre todo, muy divertido.
Bailamos bastante, sobre todo canciones de las que se bailan bien pegados, rozando cuerpo con cuerpo. Provocando al alma y la piel. En uno de esos bailes, al empezar a rozar mi trasero con el típico vaivén característico, pude notar como en su entrepierna comenzaba a dibujarse algo duro. Desde luego, mi provocación surtía efecto.

Como decía, después de que acabara esta caliente fiesta, subimos a la limusina para acabar nuestra cita entre las sábanas de la cama de algún lujoso hotel.

Llevábamos demasiado tiempo provocándonos y seduciéndonos, llamando a nuestro ser primitivo para que hiciera acto de presencia y comenzar a divertirnos con otros juegos más perversos y lujuriosos. Al acomodarnos dentro de aquel increíble y espacioso auto, no pudimos seguir aguantando a la fiera interna. Comenzamos a devorarnos con besos y mordiscos, mientras dejábamos que nuestras manos empezaran a explorar a su antojo lo que escondíamos bajo la ropa. Nuestros cuerpos ardientes y deseosos.

Mi mano se coló por su chaqueta, sobre su camisa. Notando ese torso musculado que tantas ganas tenía de probar. Me sentía como una niña pequeña delante de un caramelo. Ansiosa por comerlo. Una de sus manos empezó a pasear por mi nuca, mientras nuestros besos cada vez se hacían más intensos, y la otra fue directa a mis pechos. Allí la tenía, recreándose bien de lo que tendría el placer tocar y besar dentro de pocos minutos.

Yo llevaba un vestido corto y ajustado, de color negro, con un gran escote y la espalda casi completamente descubierta. Me encantaba ese vestido y sinceramente, me queda muy bien.

Me cogió en peso con facilidad, como si se tratase de una pluma y me sentó sobre sus piernas para continuar entregándonos sin timidez. Mi sexo comenzaba a estar bastante húmedo y a gritar que tuviera piedad de él. Notaba como su polla cada vez más erecta, pedía auxilio. Necesitaba ser liberada de tanta presión.

Con la cordura totalmente perdida, baje mis manos a su cremallera y le desabroché el pantalón para luego con mi ágil mano, liberar aquel delicioso miembro que me saludaba agradeciendo mi gentil gesto.

Nos quedamos unos segundos mirándonos a los ojos, mientras tenía entre mi mano su duro y precioso falo. Ambos sonreímos al unísono. No podíamos esperar al hotel, la situación había subido demasiado de nivel y aquello era completamente incontrolable por mucho que hubiéramos querido.

Me bajé al suelo y me arrodillé ante él. Era mi glorioso momento. Regalarle una buena comida, algo que no pueda olvidar con facilidad.

Abrí mi boca, y comencé a mamarla con cariño. Despacio y con mimo. Sabiendo lo que hacía a cada momento. Controlándome al máximo para hacer aquel momento inolvidable.
Sus brazos se posaron sobre mi cabeza. Quería notar cómo me movía mientras se la comía.
Mi lengua pasaba de principio a fin sobre esa dura verga, notando como las venas se marcaban cada vez más. No sé quien de los dos estaba disfrutando más con aquel momento.

Poco a poco comencé a subir la velocidad y la ferocidad de mis movimientos, tragándomela hasta el fondo casi asfixiándome de locura.

– Para, por favor. – Me pidió en un momento de puro éxtasis.

Me dio la mano para que me incorporara y me empujó contra él.

  • Fóllame. Aquí. Ahora.

Sentí como un escalofrío me recorría desde la cabeza a los pies. No puedo explicar con palabras la infinidad de sentimientos que surgieron de repente. No pude desobedecer.

Me puse sobre él, en cuclillas. Coloqué su polla en mi emputecida entradita, y fui bajando poco a poco, notando como iba introduciéndose dentro de mí. Amplificando por completo las sensaciones… para luego comenzar a cabalgar como una auténtica fiera.

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