Déjate llevar

  • Me gustas. Creo que eres el tipo de mujer que estoy buscando.

Eso fue lo primero que me dijo cuando pasó a vernos y me vio. No dudó un segundo. Parece que lo tenía muy claro. Yo era lo que necesitaba. Volvió a invadirme esa sensación de satisfacción que me sobrecogía cada vez que pasaba algo parecido. Me hacía sentir como una auténtica reina, con poder.

Era un hombre seductor, sexy. El típico chico que ves y te encandila completamente. Mirada penetrante, ojos verdes, sonrisa perfecta, piel morena, pelo negro perfectamente peinado, trajeado…  Sentí una fuerte atracción por él sólo con verle. Aquella cita, sería interesante. Seguro.

La cita transcurriría en su casa. Iría hasta allí y simplemente me tendría que dejar llevar. Esas fueron sus instrucciones. Desde luego que sabía hasta que punto podía llegar,  y sabiendo esto eso fue lo que me dijo. “Simplemente, déjate llevar. Confía en mí y disfruta”.

La verdad es que esa poca información me ponía nerviosa. Parecía que no hubiera nada planeado, no sabía que era lo que iba a pasar. A la hora concretada, allí estaba, llamando a su puerta. Nerviosa y excitada. Deseando ver que me esperaba.

  • Buenas noches, señorita. Pase.

Dijo la chica del servicio, ataviada con el típico uniforme negro y blanco. La verdad es que era bastante guapa, con rasgos latinos.

Allí estaba mi hombre, sentado en una de las sillas de la mesa del comedor. Nada más verme, se puso en pie y vino a saludarme muy cortésmente.

  • Siéntate.

Hasta el simple tono de su voz me excitaba. Tenía ese típico tono de hombre de radio, esa voz grave y como algo rasgada.

Me senté y mientras la chica nos servía la comida, comenzamos a hablar, a conocernos un poco para que la situación fuera lo menos fría posible.

Cuando acabamos le pidió amablemente a la chica, Carla, que nos dejara solos durante un rato y nos sentamos en el sofá frente a la chimenea.

La verdad es que a partir de ese momento, todo surgió de una forma muy inesperada, muy rápida. Sin darme cuenta, lo tenía sobre mí besándome y tocándome con esas grandes manos que tenía.  La temperatura entre los dos era alta, nos quemaba la ropa y no era por culpa del fuego de la chimenea que ardía frente a nosotros.

Empezamos a desnudarnos, ansiosos por sentir piel con piel. La noción del tiempo pareció desaparecer.

Su cuerpo musculado era perfecto, no podía dejar de pasar mis manos por él mientras seguíamos devorándonos a besos. Notaba su paquete entre mis piernas, haciendo que mi sexo empezara a enloquecer mojando mi ropa interior.

Mi mano juguetona se desvió bajando por sus abdominales perfectamente definidos hasta llegar a su varonil miembro duro y empalmado. Además de tener un físico de película también estaba bastante bien dotado. Ese hombre era un premio de lotería para cualquier mujer.

Empecé a masajear su caliente verga mientras sus manos jugaban en mi entrepierna, masajeando mi clítoris excitado y cachondo.

Me tumbé en el sofá completamente, con mis piernas rodeando su cintura, imaginando como sería sentirle dentro de mí. Deseando que llegara el momento.

Con rapidez, me liberó de la ropa interior, y luego se quitó sus bóxers dejando libre a su fiera. Estaba a poco segundos de sentir la fuerte penetración. Me agarré con fuerza a su espalda mientras me contoneaba descontroladamente, suplicando que me follara ya.

Noté como su polla se colocaba en mi mojado agujerito, y en un segundo, entró dentro de mí, haciendo que un gemido se me escapara de lo más profundo de mi ser.

Entonces comenzó a embestirme una y otra vez, volviéndome completamente loca. Haciéndome disfrutar con cada una de las penetraciones.

Sin darme cuenta, mientras seguía disfrutando con los ojos cerrados de puro placer, noto como unos labios suaves y esponjosos, me besaban los míos. Esos labios no eran de él, desde luego que no. Abrí los ojos y… sorpresa. Carla se unía al juego.

Aquello iba a ser más interesante aún de lo que me esperaba.

 

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