Cita por sorpresa

  • Lo cierto es que, aunque me encantaría ser yo el afortunado para pasar la noche contigo… no estoy aquí por mí. Estoy aquí por una amiga.

“Interesante”. Pensé. El chico era una delicia que puso mis sentidos a tono solo con su presencia, pero la propuesta me resultó de lo más interesante. Su amiga era una chica tímida que acababa de cumplir veintitrés años y su actividad sexual era bastante escasa. Era lesbiana  y sólo había tenido algún encuentro ocasional. Este chico quería hacerle un regalo especial y había pensado que una buena sesión de sexo con alguien como yo, era lo ideal.

Estaba segura de que sería una cita divertida. Me moría de ganas de que llegara la hora del encuentro…

Cuando se aproximó el momento, salí de casa perfectamente aseada y arreglada, hacia la dirección de mi nueva amante a contrarreloj. Tenía muchas ganas de ver lo que me encontraba allí.

Después de unos minutos, llegué a la puerta de la casa y llamé al timbre mientras me recolocaba un poco la falda.

Los pasos se aproximaban hacia mí, en pocos segundos vería su cara tras la puerta de entrada.

  • Hola… – Saludó con timidez mientras agachaba la cabeza.

Allí estaba por fin, esa preciosa chica colorada y encantadora. Su melena pelirroja deslumbraba  con la luz del sol, su tez blanca y perfecta y esos ojazos verde esmeralda que enamorarían a cualquiera. La verdad es que era preciosa, no entendía por qué había tenido tan “mala suerte” con las relaciones en su vida. Sería un auténtico placer estar con ella, en todos los sentidos.

Le di dos besos en las mejillas y acaricié su hombro con mi mano, intentando tranquilizarla un poco. Se notaba que estaba nerviosa y avergonzada.

Pasamos al salón y nos sentamos en el sofá, necesitaba hablar un poco con ella para hacer que se relajara. Intenté transmitirle toda la confianza posible, no me era difícil abrirme con ella. Poco a poco, empezó a soltarse un poco. Se sentía cómoda, eso era innegable.

  • La verdad es que, Cristian me dijo como eras pero… Eres incluso mejor de lo que me imaginaba. – Me dijo sin esperarlo.
  • ¡Gracias! – Contesté sonriente. No me esperaba aquello tan de repente. – Tú también eres… preciosa. – Continué.

Era el momento. Me acerqué a ella un poco más y puse mi mano sobre su pierna sin dejar de sonreír, con delicadeza fui subiéndola, acaricié con dulzura su rostro y la besé en los labios.

  • De verdad, eres preciosa. – Repetí completamente eclipsada por su belleza.

Volví a besarla. Sus labios carnosos eran tan apetecibles que podía perderme en ellos todo el tiempo del mundo. Poco a poco fui avanzando, primero unos besos suaves, entrelazando mis labios con los suyos, sintiendo la comodidad, luego comencé a sacar mi lengua juguetona recorriendo su boca y después poco a poco fui paseando mis manos por su cuerpo, notando y disfrutando del tacto de su piel suave.

No tardó mucho en empezar a dejarse llevar y comenzó a seguir mis pasos, recorriendo mi cuerpo aún vestido con sus perfectas manos, empezando a provocar en mí escalofríos que me ponían los vellos de punta.

Decidí que había llegado el momento y con toda la delicadeza que pude, ocultando mi lado oscuro un poco más y aguantando mis fuertes ganas de devorarla sin pausa, la tumbé hacia atrás y me quedé sobre ella para besar y morder su apetecible cuello…
Un pequeño gemido se escapó de su interior y un nuevo escalofrío me recorrió perdiéndose en mi entrepierna y haciendo que sintiera algo en lo más íntimo de mí.

No podía alargar más aquella agonía lujuriosa, y empecé a desnudarla. Nuestra respiración acelerada hablaba por nosotras. Ambas nos moríamos de ganas por sentir nuestras manos jugando con nuestros sexos húmedos.

Primero le quité la camiseta y con gran maestría, desabroché su sujetador. Tenía unos pechos perfectos, redondos y firmes, no pude evitar lanzarme sobre ellos para saborearlos un poco. Sus manos empezaban a enredarse en mi pelo pidiendo más… Antes de continuar bajando, alcé la mirada y la clavé en la suya sonriendo de forma perversa. Sus ojos se pusieron en blanco al notar como iba bajando por su abdomen hasta llegar a su entrepierna.

Desabroché el botón de su pantalón y se lo quité deprisa para luego hacer lo mismo con su ropa interior. Allí estaba, su preciado tesoro, la isla que iba a conquistar sin perder un segundo.
Saqué mi lengua y la pasé de abajo arriba, notando su sabor… Seguí lamiendo mientras sus gemidos, cada vez se repetían con más intensidad. Había llegado la hora de provocarla un poco más. Había llegado la hora de entretenerme jugando con su botoncito de placer, hinchado y excitado mientras mis dedos curiosos comenzaban a abrirse paso por aquella húmeda y deliciosa cueva…

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